Vagando. Deambulando. Divagando.

No sé exactamente de cuántas canciones me he enamorado desde el momento en el que inició mi obsesión musical hasta hoy. De hecho, me resulta increíblemente difícil recordar el momento en el que me di cuenta del poder que una melodía y las palabras que la acompañan podían tener en mí o de la primera vez que consideré que esas bandas que escuchaba religiosamente eran más que un acompañamiento tiñendo el contexto de mis acciones. Recuerdo momentos, canciones específicas y descubrimientos que se convirtieron en el pigmento de emociones que dejaban de ser reacciones inexplicables para encontrar su voz en esas letras que le aceleran el ritmo al corazón o le sirven de ungüento a una herida. No existe una sola persona que haya impactado mi vida (para bien o para mal) que no me remita a alguna canción y hay recuerdos que simplemente no serían lo mismo de no ser por la música que llenó todos los espacios vacíos para darles ese efecto Proustiano que los hace inolvidables. No me considero una experta, me he topado con suficientes melómanos para saber que mi interés podría ser el equivalente a un adicto al tabaco tratando de comparar su dependencia con la de un cuarto lleno de heroinómanos. Aún así, las amapolas del mundo y el opio que se extrae de ellas no lograrían desaparecer el alquitrán que se ha acumulado en mis pulmones y un ejército de músicos y musicólogos no podrían invalidar las canciones que han (de)formado y definido tantas partes de la persona que soy.
Estoy segura de que si realmente lo deseara (y si ese extraño deseo estuviera acompañado de un impulso suicida y unos meses de aislamiento), lograría recrear los momentos más importantes de los últimos 15 años a través de la música que amo y describir a todas las personas que no se comió la memoria parafraseando la letra de alguna canción. Sin tener que pensar mucho al respecto sé que Everlong de Foo Fighters es un digno tributo a un verano del que todavía hablamos y que Sweetest Perfection de Depeche Mode todavía tiene los rasgos de un extraño que me mantuvo perdidamente enamorada durante aproximadamente dos horas. Que Drag de Placebo representa a la única persona a la que le he permitido robar una canción de mi banda preferida para hacerla suya, que Untitled de The Cure siempre trae una amarga sonrisa y un silencioso brindis dedicado al hombre que le enseñó al insomnio a robarme horas de sueño y que Sit Down de James llena un cuarto vacío cuando la soledad se torna insoportable. She’s Lost Control de Joy Division cubre la distancia de una fiesta a mi casa y nunca olvida recordarme una conversación que en más de una ocasión ha impedido que le haga justicia a la canción y me convierta en una víctima de la pluma de Ian Curtis. Las palabras de Eddie Vedder en Better Man marcaron el momento en el que me di cuenta de que mi invencible hermano no era tan invencible (fue todo un descubrimiento para mí) y las primeras notas de Pictures on my Wall de Echo and the Bunnymen siempre me encuentran tomando el celular para recordarle a alguien lo mucho que aprecio tenerlo en mi vida. Un abrazo durante El Viento a Favor; un amigo que ES Shine On You Crazy Diamond; Jim Beam y la placentera culpa que me ocasiona la voz de Gary Lightbody…en fin, creo que sabemos a dónde voy con esto.
Soy una de esas personas que asegura con absoluta certeza que una sola canción puede mejorar o empeorar una situación drásticamente y hay pocas cosas que pueden hacerme tan feliz como ver a una banda que amo. Me enamoro de canciones con la misma terquedad con la que me enamoro de personalidades y sonrisas (generalmente mi enamoramiento musical obtiene mejores resultados) y encontrarme con esas canciones después de no haberlas escuchado durante un tiempo me resulta tan emocionante como encontrarme con un viejo amigo al que le perdí los pasos hace años. Pero ese no es el punto al que quería llegar… El evasivo punto que intento alcanzar (de una manera trágicamente rebuscada que nos recuerda a todos mi tendencia a divagar) es que el desempleo y las horas dedicadas a la noble tarea de recuperar todos las canciones que perdí cuando iTunes decidió que en realidad no necesitaba la música que había almacenado cuidadosamente en Epigmenia (uno de los tantos desastres que adornaron mi 2008) me llevaron a una canción de la que me he enamorado perdidamente. Andrew Bird. Armchair Apocrypha. Track 2. El disco entero es, en mi opinión, una delicia compuesta por un multiinstrumentalista jazzero que ganó mi corazón como violinista invitado de Squirrel Nut Zippers y ahora dedica su vida a robar almas melómanas a través de su trabajo como solista. Me tomó casi dos años encontrarla pero es hermosa, adictiva y la he repetido tantas veces que es probable que la demencia y estos tres párrafos (que hubiera podido resumir en una oración y el video) sean efectos secundarios de mi entusiasmo.
Un grito desesperado…

Mi hermano siempre ha dicho que si yo supiera qué le hago a las computadoras y cómo lo hago sería una de las terroristas más peligrosas en el mundo (irónicamente trabajo para Yahoo!, lo cual deja mucho que desear sobre las personas encargadas de mantener secciones del sitio con vida y qué tan aptas son para llenar su puesto. Desafortunadamente para ellos, tengo la habilidad de pretender que sé qué es lo que estoy haciendo y una carísima adicción a pasar mi tiempo en conciertos). La tecnología tiende a jugarme malas bromas y hay muy poco que pueda explicar de cómo pasas de tener más de 15 mil canciones a una carpeta de archivos ocultos que no estás muy segura de cómo chingados extraer. El miércoles, la tecnología, el universo y algún sádico cósmico al que no le impresionan las maneras en las que puedo complicar mi vida sin ayuda externa, decidió borrar a Epigmenia. Quien haya pasado más de un par de horas conmigo sabe quién es Epigmenia y, consecuentemente, entiende la gravedad del asunto. Para quienes no sepan de qué carajos estoy hablando, Epigmenia es mi iPod. He logrado recuperar 6,737 canciones y por un momento pensé, “No hay pedo, no perdí tanto”. ¡Oh error! Encontrar algunos de mis archivos en mi computadora (los que respaldé antes de decidir que tenía tiempo porque de todas las cosas que me pueden pasar, y generalmente pasan, la muerte de mi iPod no era una) simplemente alimentó mi negación para impedir que notara todo lo que ya no tengo. La discografía de Pink Floyd se fue junto con la de The Who, Fiona Apple, The Mars Volta, At the Drive-In, Aberdeen City, Tool, The Smiths, Nick Cave, Primus, Pearl Jam, Richard Hell, Bob Dylan, Cash, The Cure, Nine Inch Nails, Soundgarden, Stone Temple Pilots, Flaming Lips, Dresden Dolls, Muse, Placebo (tengo los discos, pero hay conciertos, canciones raras, presentaciones en vivo, versionas inéditas…espero que entiendan el nivel de depresión que esto ocasiona), Tom Waits…la lista es interminable, y estoy segura de que seguiré agregando momentos que tendré que recuperar poco a poco. He aprendido mi lección: Respaldo, respaldo, respaldo. Por lo pronto, espero que el creador de iTunes se ahogue con algo filoso y oxidado.
Cada quien siente lo que puede sentir.

Los escuchaba con un amigo al que el tiempo ha transformado en una de esas personas de las que sólo recuerdas los buenos ratos y los años transforman en leyenda. Nuestras cabezas se movían rítmicamente, validando cada una de esas palabras como si sonaran a verdad irrefutable por la cual debíamos vivir durante el tiempo que le tomara matarnos. No eran palabras familiares, pero estaban llenas de una deliciosa nostalgia que nos hacía sentir sofisticados mientras nos veíamos como infantes tratando de llenar los zapatos de un hombre que ya había caminado el mundo entero y regresado. Con ese amigo aprendí que una canción nunca es solamente una canción y que un libro jamás se regala sin una dedicatoria que te convierta en recuerdo cuando los rostros se pierden en la infinidad del olvido. Aprendí a amar esas mismas canciones años después, cuando las palabras que fueron dulces sonaban a venganza y los versos más brutales se convirtieron en banda sonora y ficción autobiográfica.
Nunca me ha sido fácil escribir de PLACEBO. He empezado párrafos interminables hablando de los momentos en los que me han acompañado, discursos que siempre aniquilo porque nunca he sido suficientemente valiente para compartir lo natural que les resulta salvar o deshacerme con cada secuencia de palabras que va del terciopelo al afilado metal de una vieja navaja. Me he negado a asociarlos con amigos, enemigos y amantes porque hay canciones a las que no vale la pena perderles el amor y el paso por un corazón roto o una persona que deseamos poder borrarnos de la piel. Se han mantenido como un inseparable satélite durante lo peor y lo mejor, arrastrándome al punto más bajo al que se puede llegar para demostrar que salir no es tan difícil como pensaba. Deshaciéndome las rodillas y escurriéndome el rímel por las mejillas tantas veces que dejarlos aplastar mi determinación se convierte en rutina con promesa de redención. Rehabilitación. Restauración. Erre con erre cigarro.
No importa cuántas veces haya escuchado My Sweet Prince, jamás pierde ese siniestro lamento embrujado que me astilló las costillas la primera vez que la escuché. Lady of the Flowers sigue hablando de lágrimas que me han mojado las pestañas y la blusa más veces de las que recuerdo y Without You I’m Nothing me suena y me sabe a varios rostros y muchas despedidas. Pierrot the Clown… he tenido mejores momentos que los que me recuerdan esa canción y me encantaría escaparme de esa patética insistencia que te destroza los nudillos y las ganas de llenarte los pulmones de oxígeno. Sus canciones son esa asociación y ese error del cual por mucho que no te arrepientas, no deja de ser error porque no deja de doler. También son ese punto en el que la reacción química que causan algunas personas y muchas canciones, es lo único que vale la pena. Mi vida está llena de esos errores y mis años, tan cortos, inadecuados y torpes, se han paseado entre esos momentos. Los que terminan dejando poco más que una canción que te sacude el coraje, te quita lo valiente y te perfora el esternón. A algunos nos cuesta hablar sin velos cuando de sentimientos se trata y cada vez que esos inoportunos silencios me invaden, regreso a ellos.
Me tomó mucho tiempo aprender más que las letras de sus canciones para entender que nada de lo que dicen tiene que ver conmigo y nada de lo que entiendo tiene que ver con sus historias. El duelo se transforma en balada, la advertencia en comercial, el amor en droga y el silencio en desgarradoras despedidas. Cada quien siente lo que puede sentir.
A veces es difícil seguirle la broma al mundo…
No sé qué tan cierto sea eso de que la miseria es buena compañera de las musas pero, para mí, siempre ha tenido mucho sentido. No me considero una persona particularmente dramática a menos de que exista un considerable grado de intoxicación etílica (que a veces es suficiente para convencerme de que el alcohol y yo de verdad no somos buenos amigos). Pocas cosas me molestan tanto como el melodrama de aquellos que no han aprendido a reírse de sí mismos y las personas que se toman demasiado en serio siempre tienen un problema con mi completa ineptitud cuando de prudencia ser trata. Soy la persona que hace el comentario incómodo en el momento menos indicado; la que cometió el terrible error de decir que la torpeza la llevaría a una noche entera fumando para llenar la urna de su papá. Aún así, habrá que admitir que a mí eso de la depresión se me da sin mucho esfuerzo. Que a veces un violín bien afinado escurriéndose por una letra convincente es suficiente para recordarme alguna vieja cloaca emocional y que cuando el cerúleo me atrapa, seguirle la broma al mundo me pesa más de lo que me gustaría admitir.
El problema es que no se puede hacer mucho con un armario lleno de esqueletos y el burlón chasquido de sus huesos en situaciones de aromas familiares descendiendo a esa cloaca en caótico espiral. A veces lo difícil es encontrar la gracia en la ironía y, otras, el problema está en la risa que sigue sin ritmo o razón. Esa carcajada que te revuelve el estómago cuando te das cuenta de que un descuido la puede convertir en el inconsolable sollozo que le sacude la lluvia y las ambiciones a la solapa del saco. Nunca me ha gustado tocar ese fondo, no importa cuanto tiempo he pasado rozándolo con las suelas de los zapatos, nunca he logrado desplomarme o resurgir sin tener que usar una capa extra de ropa para cubrir las cicatrices que deja. Hay una enorme diferencia entre ver a tus monstruos a distancia y tropezarte dentro de sus jaulas para pasar de domador a indefenso aperitivo. Esos bichos no se pueden sacar con una escoba, no se pueden esconder bajo las alfombras y no se pueden silenciar ni con una botella de Jack Daniels ni con una hoja de afeitar. Siempre hay uno con el que no podemos ni queremos lidiar…supongo que para eso está la ayuda profesional.
Cuando todos mis esfuerzos por mantenerme en una sola pieza fallan, tengo la demoledora tendencia de unirme al enemigo y escuchar cualquier canción que posea esa descuidada melancolía que me mide los pasos y la temperatura en días como hoy.
Quemando pistas…
Era uno de esos sillones que se mantienen en una pieza por obra de un ser superior que sabe exactamente qué tan cómodo es. No era la parte más atractiva de su departamento, pero sí la más reconfortante. Estaba forrado con un terciopelo rojo digno de Amor de Cabaret y antros en los que voluptuosas mujeres se envuelven en estolas de plumas para danzar en copas gigantes de Martini; y tenía una colección de quemadas de cigarros que habían llegado ahí como resultado de torpeza, ebriedad o uno de esos momentos en los que la nicotina no es tan importante como devorar una sonrisa. Nos tirábamos ahí, estancados entre condena y redención, compartiendo vino encartonado hasta que lo amargo del vino y lo incómodo de nuestro silencio se perdían entre los cojines carmín. Cuando esos ratos nos doblaban las rodillas, escuchábamos a Jeff Buckley.
Por azares del destino y un juego de probabilidades en la reproducción aleatoria de quince mil canciones, mi día empezó con Last Goodbye. No sé si es la nostalgia, la imagen Shakespereana de un Buckley arrastrado por el río o el que lo hayan encontrado un día en el que yo estaba cumpliendo años, pero su música siempre ha tenido un efecto extraño en mí. Cuando eso de los sentimientos se pierde en incompetencia emocional, es difícil no tener un poco de envidia al tropezarte con un hombre que pudo imprimirlo todo en melancólicas notas, letras geniales y melodías intoxicantes. Un buen amigo me dijo que escucha a Buckley cuando necesita desmantelarse; yo escucho Buckley cuando necesito aplacar demonios y molestias (convenientemente, considerando que últimamente me topo con gente fácilmente comparable con cortadas de papel entre los dedos o piquetes de mosco en la planta del pie) y su falsetto, para mí, tiene más de consuelo que de tortura.
Cuando de Buckley se trata, me quedo con la música, me infatúo con la voz y me pruebo una historia en la que mi papel siempre es el de la última persona que lo vio. No sé si es morbo o simplemente una extraña fijación por aplicarme historias como ungüento para recordarme que perder a ciertas personas sería como perder el paso certero de creer, de verdad creer, en algo o alguien. Me pasa con Cut Here de The Cure, y con todas las canciones de Mic Christopher, Elliott Smith y Jeff Buckley. Algo tendrá que ver con que sé cómo se siente repetir un nombre hasta que la lengua se te pega al paladar de terror, desesperación y una estúpida impotencia con sabor a ausencia. Mi punto con todo esto (y sí, sí tengo uno) es que su música se apareció en ese momento. Cuando las manecillas del reloj van en reversa, el radio ofrece una legión de canciones tibias y el día es tan malo que lo cambiarías por que alguien te sacara los dientes con pinzas. Luego, sin ninguna explicación o lógica, surge una de esas canciones que te salvan los dientes y te parten la cara en sonrisa aunque no lo merezcas.
Esta canción hizo eso por mí hoy.
Entre tonos de gris…

De entre los miles de demonios que se encierra el nefario Caralibro, están aquellos que te encuentran con un pasado que a veces es grato y a veces (la gran mayoría del tiempo cuando se trata de personas como yo) no lo es tanto. A mí, me ha servido para reencontrarme con un ejército de inglesas come-lechuga quienes invadieron espacio y me observaron como bicho raro a lo largo de mi año en el pueblo infernal también conocido como Shaftesbury, en Dorset. Años después, me encuentro con imágenes de las mujeres en las que aquellas niñas (porque a pesar de sus delirios de grandeza eran eso y nada más) se han convertido y he de admitir que me ha hecho pensar que quizás he estado haciendo algo mal.
Las mujeres con las que estudié en St. Mary’s (convento infernal por excelencia, formando seres malditos desde 1946) se han convertido en seres con piernas imposiblemente largas, sonrisas impecables y novios con apellidos dobles o triples separados por un guión que por alguna razón eleva el valor de una persona a un plano que los desafortunados ‘Smith’ y ‘Doe’ observan con recelo. ¿Yo? Bueno, ni esbelta, ni agraciada y lo único impecable de mi sonrisa es el constante recordatorio de que el tiempo me ha convertido en un personaje de plaza sésamo con serios problemas de actitud. Poco tiene que ver con querer ser como ellas, el mundo en el que ellas interactuaban era un universo alterno al que yo jamás pertenecí y del que nunca quise formar parte. De todo ese lapso, me quedo con errores convertidos en lección y sólo un puño de personas con las que tropiezo cuando el tiempo y la economía encuentran la armonía necesaria para llevarme a donde quiera que estén.
Cuando la tecnología convierte distancia en conversación y estos seres infames empiezan a hacer preguntas, las respuestas varían en intensidad, interés y generalmente se pueden reducir a que no hay nada nuevo. Las dejé de ver hace 8 años y aún así tengo muy poco que contar para reclamar atención que no quise entonces y no quiero ahora. Pero, a veces, la respuesta se hace costumbre y la costumbre le pisa los talones a la indiferencia para escupir palabras tibias a personas que buscan un poco más que mi discurso monosilábico. Es gracioso, algunos exigen más que gruñidos inconclusos y otros, esas personas a las que nos gustaría llenarles las costillas con palabras, mantienen un silencio desgarrador. No está mal, no son tantas las personas a las que les quiero tallar los huesos con confesiones y para los demás mi respuesta sigue siendo la misma desde hace un mes: Todavía no sé y todavía no estoy segura de en qué momento se me escaparon Julio y Agosto.
Chicago fue tan atractiva como cualquier otra puerta trasera y hay muy pocas personas que puedan igualar mi determinación cuando de correr se trata. Pocos refugios son tan acogedores como un Festival en donde 60,000 extraños se pierden bebiendo una triste excusa de chela bajo el maléfico sol de Illinois. Si somos honestos (y a veces lo somos), el viaje no hizo absolutamente nada por desenmarañar el nido de arañas en el que se ha convertido mi cabeza; no dejó las cosas ni más confusas, ni más claras y tampoco hizo nada más sencillo. El viaje fue una pausa, unos días suspendidos en un vacío que fue rellenado por música que fue tan nociva como terapéutica. De la música sí hay mucho que decir y todavía estoy esperando algo que se sienta tan chingón como las primeras notas del set de una banda que te gusta o reconocer la melodía y letra de un gran recuerdo o una vieja cicatriz.
Lo que más me gustó:
Día 1:
Eugene Hütz es un genio y Gogol Bordello es quizás la banda más divertida que he visto hasta ahora. No importa que tan bien suenen en disco, no se puede comparar el delicioso caos que danza acompañado del violín y el acordeón de los rusos Sergey Ryabtsev y Yuri Lemeshev. Mientras a Gogol el festival le quedó a la medida, es probable que Bloc Party funcione mejor en espacios reducidos, un clima un poco más británico-accesible o suficiente alcohol para aplacar la evidente incomodidad y el terrible sufrimiento de Kele Okereke en sus bermudas. También es probable que uno se tenga que acercar un poco más para apreciarlos mejor. Y bueno, ¿qué puedo decir de Radiohead? Paranoid Android es y siempre será esa canción que escuché en repetición incansable, sentada en el sillón más cómodo del mundo en el sótano de un amigo y Fake Plastic Trees pasó de ser una canción deprimente en disco a un asesinato melódico y visual sobre el escenario.
Día 2:
Si bien es cierto que había más que suficiente material para convencer a cualquiera de escoger el Lollapalooza sobre otros festivales veraniegos, los creadores de la banda sonora de Little Miss Sunshine jugaron un papel importantísimo en mi retorno a Chicago. Nick Urata es un gigante en camisa de poeta y saco de terciopelo y Devotchka fue la gama de colores y sentimientos que sospeché que sería multiplicado por mil…o dos mil. Explosions in the Sky son las inesperadas figuras que dan sentido y dirección a la estática de una televisión descompuesta y el mega colectivo canadiense Broken Social Scene son como una inyección de serotonina a la yugular. Finalmente, y a pesar de que los gringos son incapaces de escuchar un discurso político durante un concierto sin dejar que el nombre de Zach de la Rocha los convenza más que el discurso (que por cierto muchos malentendieron) Rage Against the Machine le hace honor a su nombre e historia con cada guitarrazo desesperado y grito iracundo.
Día 3:
Entre un mar de niños de Kidzapalooza (un escenario que algún día habitarán mis sobrinos y cualquier otro niño con papás dispuestos a entregar su confianza y a sus infantes) Perry Farrell me recordó por qué Jane’s Addiction siempre trae buenos recuerdos y Slash dejó bastante claro que el que se haya vendido a Mónica Naranjo poco tiene que ver con lo talentoso que es…y de verdad lo es. Flogging Molly son parte Dropkick Murphy’s, parte The Pogues y parte The Dubliners e incitan los brincos, los litros de cerveza y la delusión comunal de que es día de San Patricio (casi hacen que olvides que lo que estás tomando es Budweiser tibia). Daniel Ash, David J y Kevin Haskins aka Love & Rockets (que antes eran parte de Bauhaus) fueron, en mi opinión, una de esas bandas que llegan gritando “Quitense que ahí les voy”. No es que los otros sean malos, pero supongo que eso de que más sabe el diablo por viejo que por diablo (ni tan viejos ni tan diablos pero ah que bien suenan) es cierto. En alguna entrevista, el reverendo Manson expresó su odio por quienes se consideran genios sin serlo, el comentario iba dirigido a Trent Reznor y tenía más que ver con ego que con verdad. Después de ver a NIN me queda claro que Reznor es genio de escalofriante presencia que supo condensar 19 años de música en dos horas.
Vayan al Motorokr, de verdad vale la pena.
Lá Fhéile Pádraig
Una personita expresó su decepción al ver la llegada y salida del Día de San Patricio sin comentarios en este espacio que tengo tan abandonado desde hace ya algunos meses. Desafortunadamente, de irlandesa sólo tengo la determinación y un par de palabras en Gaeilge que no me servirían ni para ordenar una Guinnes (la frase exacta es fácil de encontrar en el infinito abismo que es Internet, el problema está en descubrir cómo chingados se pronuncia un idioma que tiene poco que ver con cómo se escriben las palabras). Independientemente de mi falta de conexiones irlandesas o inclinación católica (es bastante obvio que a mí lo religiosa me sale cuando la adoración sucede con cierto grado de inspiración etílica), Irlanda tiene un lugar especial en mi corazoncito. Ha sido una mezcla entre buenas películas, odiseas Joyceanas, bebidas de malta, música emocionalmente atrofiante, hombres que nos gustaría importar y un poco de sol (extrañamente) y buenos recuerdos que se quedarán en mi bolsillo durante mucho, mucho tiempo.
Definitivamente el hecho de que el mundo entero use este día como una excusa para beber no cae nada mal, pero mentiría si digo que es la única razón por la que me he enamorado de ese bello y festivo lugar. Seamos honestos, excusas sobran cuando de beber se trata y lo único que realmente necesitamos es el presupuesto para retrasar la cruda y algún buen amigo que nos haga compañía. Siempre hay un momento miserable / celebración / desgraciad@ /cumpleañer@ /partido de futbol / comida familiar / bar en el camino / chela en el refrigerador que despierta al alcohólico que todos llevamos dentro. La explicación más sencilla es simplemente que mi tendencia por obsesionarme musicalmente me llevó a músicos que me desbaratan y componen de verso en verso. Así que en lugar de escribir cinco párrafos sobre un día que en realidad tiene muy poco que ver conmigo, decidí compartir a algunas de estas nuevas obsesiones. La inspiración regresará eventualmente y con un poco de suerte se encontrará con un rato en el que la lucidez y el estar empleada no arruinen ideas que no sonaban tan mal en mi cabeza como se leen en el monitor.
Jai guru deva…om.
Conozco pocas personas a las que no les gusten los Beatles. Sea por error o convicción y buen gusto, es difícil invocar a esa banda legendaria para obtener los grillos que resultan de músicos que si bien pudieran ser igual de importantes jamás podrían medirse contra el fenómeno que logró el cuarteto de Liverpool hace años y que todavía saca chispas y resurge cual ave mitológica de las cenizas. A mí, el amor me pegó por épocas. Escuché Love Me Do hasta que la cinta y el casete al final de ella me sirvieron de arma letal en contra de mi hermano y desarrollé un odio bastante estúpido que el mismo hermano se encargó de propagar cuando el grunge le dijo que no, amor no es lo único que se necesita.
Me tomó años perderles un odio mal fundamentado que se transformó en un respeto que poco tiene que ver con la comprensión que muchos se sacan de una manga que probablemente haría que Lennon quisiera retarnos por malinterpretar su obra tan arrogantemente. Pero lo indiscutiblemente cierto de este asunto es que, después de mucho tiempo, rompieron y zurcieron un corazoncito melómano que se comprime cuando escucha Blackbird o Girl. Conozco a alguien que asegura, como ya alguien había asegurado del Padrino, que todas las preguntas de la vida se pueden contestar a través de canciones de los Beatles. Nunca he intentado probar lo contrario y dudo que podría, pero a hay que admitir que se me ha antojado unirme a su secta y citar Revolver en esos momentos de incompetencia absoluta a los que no les haría mal un poco de elocuencia.
Hablar de los Beatles nunca es fácil, aunque si nos regimos por lo que considero fácil o complejo intentar hablar de cualquier banda es un acto heroico y yo no soy más que una eterna masoquista que jamás aprenderá su lección. Pero mi punto no es hablar de los Beatles, por lo menos no concretamente. Es una mezcla de incredulidad y asombro porque dentro de 431 años una canción habrá recorrido la galaxia entera, y sería tonto decir que no se me ha ocurrido que para entonces, después de que al recuerdo lo sofoque el calentamiento global, será lo único que quede de nosotros. ¿Honestamente? Transformar incompetencia emocional en canción de John Lennon no me molestaría en lo absoluto.
Across the Universe ha sido hecha, desecha y manipulada para usarse como un saco viejo al que solamente le queda la determinación de un dueño medio terco que insiste en remendar los puños de una prenda que jamás necesitó ajustes. No está mal, algunos covers son como esos pantalones de los que no nos desharemos hasta que componerlos los convierta en bermudas…y otros son como ese tijeretazo irreparable del que siempre nos arrepentiremos. Pero si habrá una canción viajando a través del universo, es más que evidente que a menos de que quisiéramos presentar a Ziggy como marciano viajante que regresa a su hogar no hay una mejor opción. ¿Y qué si Lennon la escribió porque su primera esposa le masticaba el oído con regaños? Si gran parte de los habitantes del planeta tierra no conocían la historia, dudo que les moleste a los marcianos.
Pero bueno, los dejo con el artículo para que no le adjudiquen esto al buen cannabis, con algunas de mis versiones favoritas porque de verdad es una gran gran canción y con la dudosa promesa de no tenerlos tan abandonados de ahora en adelante.
La de Rufus Wainwright para I am Sam:
La de Fiona Apple para Pleasantville:
La de Laibach nomás así:
Rufus Wainwright, Moby y Sean Lennon:
Roger Waters:
Y claro, John Lennon:
Enjoy.
Edit: No la encontraba y la verdad quería un video con su bella cara, pero no hay tal así que bueno…
La versión de Jim Sturgess para la película Across the Universe:
in rainbows

El 11 de Octubre, como a las 10 de la mañana, recibí un mensajito parpadeante en una ventanita. Un link y una carita sonriente me informaban que un casi-buen amigo ofrecía algún detalle jocoso que encontró mientras navegaba por la bestia que nos roba horas de vida y chupa nuestra alma: el internet. El enlace me llevo directo a la página de In Rainbows de Radiohead y me exigía un código que el buen Fabio proporcionó en su siguiente mensaje. Sabía que conseguiría el santo grial de la música digital de esa semana de alguna manera, y como gran fan de Radiohead (y multimillonario) decidió pagar – no sé cuanto – por unas cuantas copias para que la piratería no abusara de un disco que, de entrada, es prácticamente gratis.
Eso de las reseñas es peligroso, especialmente porque terminan siendo recuentos arrogantes de lo que nos gusta y no nos gusta de una banda. Me negué rotundamente a ser una de esas personas que corrieron a su blog para proclamar el genio de Radiohead, probablemente poque personas mucho más aptas y conocedoras ya lo habían hecho.
Debería, primero que nada, aclarar que aunque yo a Radiohead les he seguido el paso desde que era una polluela se me ha perdido su trayecto hasta que llegan a su destino; que aunque me gustan, de verdad me gustan, no podría autodenominarme una de esas fanáticas obsesas que le conocen la dosis de anti depresivos a Thom Yorke y el juego de mesa favorito de los hermanos Greenwood. Soy parte de esa generación que coreaba Creep en las pedas adolescentes cuando se tomaban bebidas radioactivas y mantenerse en pie no era un requerimiento – sino todo lo contrario. La escuché ad nauseam y como con tantas otras canciones que he escuchado con esa frecuencia, la aprendí a odiar.
The Bends fue mi album favorito durante mucho tiempo, probablemente porque me llegó en un momento en el que pude disfrutar ese dolorcito rico (o agonía total y absoluta) que venía con High and Dry y Fake Plastic Trees. ¿Qué puedo decir de Ok Computer? Con su Karma Police y su No Surprises. Lo que más me gusta de In Rainbows es su regreso a dos discos que me hicieron querer quitarle las palabras a Yorke y tragarme su miseria para poder encontrarme con su elocuencia. Bodysnatchers me regresó a un momento extraño en el sótano de mi mejor amigo, sentada en un sillón que se caía a pedazos mientras su banda repetía su fiel versión de Paranoid Android hasta que tuve que salir del cuarto para apasiguar el odio. No es fácil describirlos, son Radiohead, y me quito el sombrero ante quienes logran hablar de ellos sin aludir a las cansadas afirmaciones que juran que ahora si es el mejor. Es más fácil de escuchar que Hail to the Thief, más digerible que Amnesiac e infinitamente más abierto que Kid A; algo tendrá que ver con que Yorke y Jonny Greenwood se tomaron tiempo para experimentar en campos ajenos a Radiohead.
Por lo pronto, yo le tengo un pequeño espacio varios días a la semana. A veces lo escucho obsesivamente para encontrar esos grandes detalles con los que uno se tropieza cuando la terquedad y la falta de sueño crean alucinaciones musicales con sabor a viaje de lsd o a película de Lynch (que, por cierto, no es lo mismo) para ver cosas que se perdieron con la emoción de un disco que nos vienen prometiendo desde hace varios años. Hay discos que se deben escuchar de principio a fin para poder maldecir el talento de quien los crea, In Rainbows es uno de ellos.
la cura
La primera vez que logré ver a The Cure me paré en una quinta fila, tan cerca que juraba que si Smith subía unos diez kilos más no me costaría tanto trabajo meterle la mano al bolsillo del pantalón. Me rodearon cinco de los más finos ejemplares de fanáticos que seguramente torturaron sus almas adolescentes con el vinilo original de Seventeen Seconds, con el labial carmesí de sus mujeres cruzando caóticamente la línea de sus bocas, el pelo tan alborotado como lo permitía el largo de oficina y el delineador negro con el que seguramente estuvieron a punto de perder un ojo.
No me cuesta tanto trabajo admitir que escuchar Lullaby en vivo me erizó la piel ese día de la misma forma en la que lo hizo el Sábado pasado, ni decir que de haber estado un poco más tomada If Only Tonight We Could Sleep hubiera sido suficiente para que el rimel se me escurriera por las mejillas. Tampoco es difícil confesar que esa primera vez me di cuenta que conocer a la banda no es lo mismo que amarla como la amaban esos Robertos región 4. Experta no soy, y aunque la emoción no me la quita nadie siempre me he preguntado qué le hace The Cure a aquellos que poseen un conocimiento enciclopédico de su música. Honestamente, lo único que nunca les pude creer es que sus días haciendo música se habían terminado.
A Robert Smith le conocemos bien el pelo alborotado, el maquillaje mal aplicado y la divina nostalgia que marca sus palabras tan impecablemente que no nos importaría morir por su causa y su dolor. Su música es exactamente el tipo de música que nos hace enamorarnos del fulano en la calle simplemente porque desperdiciar el sentimiento sabe a sacrilegio y porque la dulce despedida del extraño nos llega como patada de mula acompañada de guitarras que lloran como yo pensaba que sólo los violines podían.
Para mí, Disintegration ha servido para transformarme la carcajada en suspiro y el hambre en depresión con la misma facilidad con la que Just Like Heaven me hacía desear a un desconocido a quien asfixiar con los brazos muchísimo antes de que el pulso cooperara conmigo para pintarme la raya de los ojos. Mantengo, quizás por terca, que Love Song tiene ya un destinatario fijo aunque la idea me retuerza las entrañas y recuerdo perfectamente bien donde estaba la primera vez que escuché A Strange Day y cuando Cut Here me exigió recetarme la discografía de Billy MacKenzie y suministró el repentino miedo a ser la persona a la que de un ser querido sólo le queda el ‘si hubiera’.

